#PORSIHACEFALTA

CELULARES CONTRA EL ARTE

Por: Horacio CORRO ESPINOSA

Yo trabajo con las manos. Corto páginas de libros viejos hasta que del papel sale un rostro. Tejo hilos sobre una tabla hasta que la línea se convierte en mirada. Dibujo con lo que haya. No necesito que nadie me explique lo que se siente crear algo desde cero, porque lo hago todos los días en una mesa.

Por eso me duele más lo que voy a decir.

Para ver Los girasoles de Van Gogh, hoy basta con sacar el teléfono. Lo mismo la Última Cena de Leonardo, que está en Milán —no en Florencia, como mucha gente cree—. Algunos la tienen colgada en la cocina, entre la licuadora y el calendario, sin saber quién la pintó. Solo saben que ahí está Cristo con sus discípulos, compartiendo el pan y la sal.

Internet nos dio acceso a todo el arte del mundo. Y al mismo tiempo nos quitó las ganas de verlo.

Viajar a Europa para pararse frente a esas obras es tentador. Ganas sobran. Dinero, falta. Conozco gente que ha ido a cultivarse y regresa con el teléfono repleto de fotografías. Una chava, hace años, me presumía su recorrido. Cuando me mostró la Torre de Pisa me aseguró que era la Torre Eiffel. También me contó que para ver la Mona Lisa tuvo que caminar una distancia enorme y se encontró con un cuadrito chiquitito detrás de un vidrio blindado. Cuánto dinero gasta esa gente en viajar sin aprender a ver.

Porque ese es el punto. La gente mira. Mira la pantalla doce horas al día. Lo que dejó de hacer es detenerse.

Yo lo veo con algunas personas. Caminamos por una calle con árboles enormes, con una luz que no se va a repetir, y ellas van con la cabeza inclinada sobre la pantalla. «Miren hacia arriba», les digo. «Disfruten lo que tienen enfrente.» Porque lo árido del campo también es hermoso, y la grieta de una pared vieja también cuenta algo. Pero hay que levantar la vista para descubrirlo.

Mucha gente cree que no sobrevive sin el celular en la mano. Ahí busca la noticia, la compañía, la identidad. Sube una selfie y espera que los demás le digan quién es. Si nadie responde, sube otra. Gente que camina con un espejo en la palma, mendigando un reflejo que le confirme que existe.

Cuando yo corto un libro, paso horas con la navaja sobre las páginas. No hay notificación que valga. El papel no perdona la distracción: un corte de más y el rostro se pierde. Ese silencio, esa concentración, es lo más parecido que conozco a estar frente a un cuadro de verdad. No la imagen en la pantalla. El cuadro. La textura de la pintura, el tamaño real, el olor del lugar donde cuelga.

Ojalá un día de estos te animes a buscar un libro de arte. No tienes que ir a Milán. Basta con detenerte frente a una imagen que alguien hizo con las manos hace siglos y preguntarte qué sintió.

Es lo único que el celular no va a darte: la pausa para sentirlo.

#PorSiHaceFalta
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