#PORSIHACEFALTA

CHILAQUILES POR SILENCIO

Horacio CORRO ESPINOSA

A los mexicanos nos encantan los pretextos para hacer fiesta. Pero en el periodismo, el calendario ya es un insulto.

Fíjense bien. El cuatro de enero nos celebran el Día del Periodista. El tres de mayo, la ONU nos festeja el Día Mundial de la Libertad de Prensa. Ayer, siete de junio, nos invitaron a desayunar por el Día de la Libertad de Expresión. Y por si faltara, el ocho de septiembre rematamos con el Día Internacional del Periodista.

Cuatro fechas. Cuatro excusas al año para que los políticos se pongan el traje de demócratas, repartan abrazos y juren que respetan la crítica.

Escuchamos al funcionario en turno hablar de la importancia de la prensa libre. Llenan el micrófono diciendo que somos el puente con la sociedad y el pilar de la democracia. Pero al día siguiente, la historia vuelve a la normalidad. Cuando les pedimos una entrevista para aclarar una obra inflada, un desvío de recursos o una promesa rota, se esconden. Nos mandan a sus asistentes a decir que tienen la agenda llena o, peor aún, nos echan a sus troles en las redes sociales para destruir nuestro nombre.

Pura hipocresía. De nada sirven cuatro efemérides si de lunes a domingo la impunidad sigue intacta. De nada sirve un discurso bonito, si el resto del año el poder exige sumisión, cierra puertas, manda apagar televisores y permite que silencien a los compañeros con total descaro.

Pero la culpa no es solo de los que mandan. La otra mitad de esta vergüenza le toca a nuestro propio gremio.

Da tristeza ver a colegas que se dejan arrastrar a estas celebraciones. Van, se sientan en las mesas de los ayuntamientos o del gobierno, y cambian su dignidad por un plato de chilaquiles y un café desabrido. Se toman la foto sonriendo con el mismo político que ayer los bloqueó, los ignoró o los amenazó por escribir la verdad.

Hay quienes olvidan por completo la esencia de este oficio. En lugar de hacer preguntas que incomoden, se dedican a leer y publicar los boletines que les redacta la oficina de comunicación social. Se vuelven un empleado más del sistema, y solo sacan la pluma o la grabadora para ver qué pueden negociar.

Y ocurre lo más triste. Cuando un periodista de verdad sufre un atentado, cuando lo amenazan en nuestra región o en cualquier rincón del estado, esos mismos que aplaudían felices en el banquete, guardan un silencio cómplice. Voltean para otro lado porque no quieren perder sus privilegios.

Esos compañeros olvidan que el respeto no se mendiga en una fiesta oficial. El buen periodismo incomoda, no pide aplausos.

En mis cuarenta y cuatro años de oficio he aprendido algo muy simple: el político que te abraza frente a las cámaras en un día de festejo, es el primero que te clava el cuchillo por la espalda cuando tocas sus intereses.

Tener tantas fechas para celebrar una actividad tan golpeada y peligrosa no es un honor. Es una burla. Una burla de los que tienen el poder, y una falta de respeto de los periodistas que se prestan a la farsa con tal de sentirse importantes por un par de horas.

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