DETRÁS DE LA NOTICIA

MÉXICO GANA PARTIDOS EN EL MUNIDAL, PERO PIERDE ANTE LA BRUTAL VIOLENCIA

Por: Alfredo MARTÍNEZ DE AGUILAR/Revista MUJERES

Y LA SALUD, LAS MADRES BUSCADORAS, LOS TRANS´PORTISTAS, AGRICULTORES Y PERIOIDSTAS ASESINADOS

  • Mientras los estadios vibran y las transmisiones deportivas ocupan horas de programación con los triunfos de la selección nacional, México sigue enfrentando una compleja agenda de seguridad, justicia, desarrollo económico, educación y salud que ningún campeonato puede resolver.
  • Las movilizaciones de madres buscadoras, productores, transportistas y magisterio reflejan precisamente la tensión entre las expectativas generadas por el proyecto de transformación y la percepción de quienes consideran que persisten problemas estructurales sin resolver.

Cada cuatro años, el Mundial de futbol concentra la atención de miles de millones de personas. Ningún otro acontecimiento posee semejante capacidad para despertar emociones colectivas, fortalecer identidades nacionales y convertir un balón en el centro de la conversación mundial.

Sin embargo, el poder del espectáculo tiene un límite: no puede modificar la realidad. Mientras los estadios vibran y las transmisiones deportivas ocupan horas de programación, México sigue enfrentando una compleja agenda de seguridad, justicia, desarrollo económico, educación y salud que ningún campeonato puede resolver.

La euforia deportiva convive con un país donde miles de familias buscan a sus hijos y familiares desaparecidos, los transportistas denuncian la inseguridad en las carreteras, los agricultores reclaman políticas más eficaces para el campo y los maestros mantienen movilizaciones para exigir mejores condiciones laborales y educativas.

El Mundial no borra esas demandas. Las vuelve más visibles. La historia demuestra que los grandes eventos internacionales suelen convertirse en escenarios donde la sociedad busca proyectar aquello que considera pendiente. Las cámaras que llegan para cubrir un torneo también terminan registrando las voces de quienes reclaman justicia, seguridad o mejores oportunidades.

La fiesta deportiva y la inconformidad social no son fenómenos opuestos; con frecuencia, coexisten y se potencian. En México, esa coincidencia adquiere una dimensión política particular. En el Mundial de futbol: el balón rueda y México gana partidos, pero la realidad social, económica y política de México no admite tiempo extra.

Durante los últimos años, el discurso oficial ha sostenido que el país atraviesa una etapa de transformación profunda, orientada a reducir la corrupción, fortalecer el bienestar social y colocar a los sectores históricamente rezagados en el centro de la acción pública. Esa narrativa ha encontrado respaldo entre una parte importante de la ciudadanía, pero también ha sido cuestionada por otros sectores que consideran insuficientes los avances en ámbitos como la seguridad, la procuración de justicia, la atención al sistema de salud, la calidad educativa y el crecimiento económico.

Las movilizaciones que hoy protagonizan madres buscadoras, organizaciones de productores, transportistas y sindicatos magisteriales reflejan precisamente esa tensión entre las expectativas generadas por el proyecto de transformación y la percepción de quienes consideran que persisten problemas estructurales sin resolver.

Las madres buscadoras representan el ejemplo más doloroso. Su labor ha evidenciado las limitaciones institucionales para localizar a 133 mil personas desaparecidas y acompañar a las familias en la búsqueda de la verdad y la justicia. Su presencia constante en la vida pública recuerda que el sufrimiento humano no desaparece con los cambios de narrativa política.

Los transportistas, por su parte, continúan señalando que la inseguridad en diversas rutas afecta no sólo su patrimonio, su integridad física y en muchos casos su propia vida, sino también el funcionamiento de las cadenas productivas y el abastecimiento de mercancías. La percepción de riesgo en las carreteras sigue siendo un tema de preocupación para amplios sectores económicos.

En el campo mexicano, agricultores y ganaderos enfrentan desafíos asociados al cambio climático, la disponibilidad de agua, los costos de producción y la competitividad. Más allá de las diferencias sobre el alcance de las políticas implementadas, el hecho de que estas organizaciones mantengan sus demandas revela que el desarrollo rural continúa siendo una asignatura compleja.

El conflicto magisterial ofrece otra muestra de esa realidad. Las demandas sobre salarios, condiciones laborales, infraestructura escolar y modelo educativo siguen ocupando espacios públicos. Ello refleja que los consensos en materia educativa permanecen abiertos y que las soluciones de largo plazo requieren diálogo sostenido, recursos suficientes y continuidad institucional.

En este contexto, el Mundial funciona como un inmenso reflector. Mientras millones observan lo que ocurre dentro del estadio, diversos sectores sociales aprovechan la atención internacional para recordar que fuera de la cancha existen problemas que no admiten aplazamientos. El contraste entre la celebración deportiva y las demandas ciudadanas resulta inevitable.

El riesgo para cualquier gobierno no consiste en que la población disfrute del futbol, sino en confiar en que la emoción colectiva pueda sustituir la eficacia gubernamental. La legitimidad democrática no se sostiene por la intensidad de las celebraciones, sino por la capacidad de las instituciones para ofrecer seguridad, justicia, servicios públicos de calidad y oportunidades de desarrollo.

Un gol puede unir temporalmente a un país. Pero no localiza a una persona desaparecida. No reduce por sí mismo la incidencia delictiva. No mejora la atención en los hospitales. No incrementa la productividad del campo. No resuelve los conflictos educativos. La verdadera fortaleza de una nación no se mide por el número de partidos ganados, sino por la solidez de sus instituciones y por la confianza que los ciudadanos depositan en ellas. El Mundial emociona. México preocupa. Esa es la verdadera paradoja.

Cuando concluya el Mundial, el trofeo cambiará de manos y el espectáculo quedará en la memoria colectiva. Sin embargo, México seguirá enfrentando los mismos desafíos que hoy reclaman la atención de la sociedad. Las madres buscadoras continuarán recorriendo el país en busca de respuestas. Los transportistas volverán a las carreteras. Los agricultores seguirán sembrando bajo condiciones difíciles. Los maestros insistirán en que la educación ocupe un lugar prioritario en la agenda nacional.

Porque el verdadero campeonato que México tiene pendiente no se juega frente a millones de espectadores. Se disputa todos los días en la capacidad del Estado para convertir las promesas en resultados, las políticas en soluciones y los discursos en realidades tangibles. Ese marcador no se define con un silbatazo final. Se construye, o se deteriora, en la vida cotidiana de millones de mexicanos.

Y es allí, mucho más que en cualquier estadio mundialista, donde se decidirá el futuro del país. El Mundial de futbol es la gran caja de resonancia de las protestas sociales que lenta, pero inexorablemente se convierten en creciente hartazgo social y político. La pérdida de Morena de la mayoría en la Cámara de Diputados y siete de las doce gubernaturas en 2027, será la mayor y mejor prueba de ello.

alfredo_daguilar@hotmail.com        director@revista-mujeres.com                @efektoaguila

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