#PORSIHACEFALTA

CIEN AÑOS DE SOLEDAD

Por: Horacio CORRO ESPINOSA

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía habría de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

Si reconoces esa frase, ya llevas una ventaja sobre millones de personas que vieron la serie de Netflix sin haber abierto nunca el libro. Porque desde que la plataforma estrenó Cien años de soledad en diciembre de 2024, todo mundo opina sobre Macondo. En las redes, en las sobremesas, en los podcasts. Todos hablan de los Buendía como si los conocieran de toda la vida. Pero pregúntales en qué página aparece la primera mariposa amarilla y te van a mirar como si les hablaras en sánscrito.

No tengo nada contra la serie. La producción es digna y se filmó en Colombia, en español, cosa que hay que agradecer. Lo que me preocupa es que para mucha gente la serie reemplazó al libro en lugar de llevar a él.

Gabriel García Márquez nació en Aracataca, Colombia. Estudió derecho, lo dejó, y se dedicó al periodismo y a la literatura. Lo criaron los abuelos. De la abuela heredó el tono: esa manera de contar lo imposible con la misma naturalidad con que se cuenta lo que pasó ayer en el mercado. El abuelo le regaló un diccionario. Gabriel lo leyó completo, de la A a la Z, y años después dijo que ahí descubrió su herramienta de trabajo: las palabras. Si lees sus novelas con cuidado, notarás que casi nunca repite un vocablo. Su vocabulario es inmenso.

Si quieres conocer su vida, lee Vivir para contarla, la autobiografía que publicó en 2002. Ahí está la historia de amor entre sus padres: ella, la mamá de García Márquez, hija de familia con pretensiones; él, un telegrafista con mala fama y buena puntería para mandar mensajes a escondidas a través de cada oficina de telégrafos del país. Esa historia la recicló después en El amor en los tiempos del cólera.

El 21 de octubre se cumplen cuarenta y cuatro años. En 1982, Pierre Schori, viceministro de Asuntos Exteriores de Suecia, le llamó por teléfono a Ciudad de México para decirle que había ganado el Premio Nobel de Literatura. García Márquez tenía cincuenta y cinco años, llevaba quince con Cien años de soledad circulando por el mundo, y la noticia no lo sorprendió tanto como la llamada: no esperaba que un gobierno entero se movilizara para avisarle.

García Márquez fue periodista antes que novelista. Empezó contando lo que veía en la calle y aprendió que la realidad, bien contada, supera cualquier invención. Él inventó Macondo. A cualquiera le gustaría inventar un lugar y desarrollar allí una historia. En mi caso, apenas si alcanzo a retratar Huajuapan. Pero la raíz se parece: mirar con atención y escribir lo que la mirada atrapa.

No te pido que apagues Netflix. Te pido que después de ver la serie abras el libro. Lee la primera página en voz alta. Escucha cómo suenan esas palabras. Ese ritmo no se filma. Ese ritmo se lee.

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